
Esta mañana me he decidido a tirar todo lo que sobraba en mi pequeño espacio, mi lugar de esta casa de locos en la que vivo.
He sacado un montón de cosas inútiles que no me hacen falta y me he dado cuenta de que con ellas también ha tirado una parte de mi vida que ya no quería.
Lo primero han sido montañas de apuntes de derecho, ese derecho que no sirve para nada y que es todo una mentira,con ellos también se han ido los recuerdos que me atormentaban y por los que dejé esa carrera.
Fantasmas fuera de mi vida, aquella maldad que me hizo caer en la trampa por la que casi pierdo la vida.
¿Recuerdos? eso no lo puedo tirar pero al menos ya no me hacen daño como antes.
A la ansiedad que vino después ya hace tiempo que le cerré la puerta y si hay algo de lo que me alegro es de que todo eso me abrió los ojos para empezar a vivir mis sueños y aferrarme a todo lo que siempre he querido.
Entre medio han aparecido las cartas de Juan Carlos, epístolas repletas de chantaje emocional en las que las palabras más repetidas eran Te Quiero.
Para que me quieran así, prefiero que no me quiera nadie.
No se puede querer a alguien cuando lo que se pretende es anularlo por completo y que sea una marioneta a la que manejar, ni se puede querer a una persona solo para tí, sin amigos ni nadie porque nadie lo va a querer más que tú. Por suerte escapé a tiempo y estaría sola 200 años más antes que volver con alguien así que te impide realizarte a tí mismo porque "Te Quiere".
También había:
dos teléfonos apuntados en servilletas con promesas rotas, de las que nunca se cumplen, esperanzas que murieron tal como empezaron y que me han ido haciendo más fuerte;
revistas tontas que un día leí cuando la inseguridad se apoderaba de mi en las que se ofrecían montones de consejos inútiles que por suerte nunca he llevado a cabo porque basta que me aconsejen algo para hacer justo lo contrarioy alguna camiseta con muchas historias de noche y borracheras de esas que te caes por los suelos.
He cogido todo, lo he metido en una caja y lo he sacado a la basura.
Había cosas de las que estaba indecisa, como el cerdo que un día me regaló Ales. Finalmente he decidio quedármelo, es un cerdo de trapo, pequeño y bastante extravagante, como fue nuestra relación, pero no he podido evitar sonreir y quedarme con él porque en su día hizo que rozara la felicidad con la punta de mis dedos.
A falta de algunas cosas importantes que ahora mismo llenen mi vida, me he deshecho de aquellas que sobran para hacerle hueco a las que están por llegar.
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