Hace unos días que esoty en días rojos, no sé porqué pero tengo la sensación de que mi vida es cada vez más vacía.
Esta noche he salido al tejado a fumarme un cigarro y a contemplar la noche, hacía años que no lo hacía, pero es uno de los sitios donde más agusto me siento, rodeada del silencio, el cielo oscuro y las estrellas.Un sito para pensar en soledad, acompañada de la inmensidad del horizonte, y recordar tantos momentos vividos en azoteas.
He recordado los veranos que pasaba en la playa, donde teníamos una casa y donde cuando llegaba el mes de julio nos íbamos mi madre, mi hermano,un montón de primos y yo a disfrutar de largos días de playa y piscina.
Lo que más me gustaba era que la casa siempre estaba llena, MariaJo se venía los dos meses y nos podíamos pasar horas y horas sin hacer nada importante pero siempre disfrutando y riéndonos.Luego llegaba la noche y salíamos a tomar un helado con mi madre que siempre se reía de nuestras ocurrencias y nuestra ingenuidad, eran tiempos felices.
Cuando llegaba la hora de dormir, nos metíamos en la habitación y salíamos al tejado a contemplar la noche, a hablar de lo que seríamos de mayores y a contemplar a la gente que entraba y salía de una discoteca que había enfrente. Pasábamos casi toda la noche allí, hasta que casi empezaba a amanecer y al día siguiente mi madre no paraba de decir:"estas chiquillas siempre tienen sueño","¿les harán falta vitaminas?" y lo que pasaba era que pasábamos las noches en blanco soñando despiertas.
Hablábamos y nos prometíamos que cuando fuésemos mayores nos iríamos a recorrer el mundo con una mochila cargada de ilusiones. Iríamos a China, India, América... y el sitio que más nos gustase, allí es donde nos quedaríamos a vivir para siempre.
Pasó el tiempo,crecimos y seguíamos con el ritual del tejado donde nos fumamos nuestro primer cigarro, aunque luego el tejado lo utilizaríamos para escaparnos por él y salir por la noche, mientras mis padres dormían profundamente pensando que nosotras hacíamos lo mismo.
Más tarde la casa de la playa se vendió y cambiamos ese tejado por la ventana de la casa de la abuela donde salíamos a hablar después de nuestras noches de juerga, acompañadas de una varita de incienso, para que se llevara el olor del tabaco.
Nuestros sueños cambiaron y el destino quiso que cada una siguiera su propio camino, yo sigo soñando con recorrer el mundo con una cámara a cuestas pero ahora sé que no me basta con una mochila llena de ilusiones.
Cada vez tengo la sensación de que sigo soñando pero, con los ojos cerrados, porque cuando los abro es como si me echaran un jarro de agua fría y me dijeran:¡despierta! ¿No te das cuenta de qué se te pasó el tiempo de soñar?
Entonces se esfuma todo y me veo en el tejado como cuando tenía 10 años pero con 27, sola y sin saber qué hay al final del camino.
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